sábado, 28 de enero de 2012

Viaje a la frontera: "Jai Hind"

Una de las cosas que más amo de la vida es que nunca existe la certeza absoluta del futuro.

Hace un año no estaba aún totalmente segura que iba a viajar a la India. Estaba todavía perdida en medio de la burocracia de un convenio a medio firmar, una cantidad de seguros que mi universidad debía comprar y más de un funcionario que no tenía el más mínimo interés en ayudarme. Pero pasó, viví en Nueva Delhi por seis meses, y en mi regreso a casa tuve una aventura por 17 ciudades en Europa. Estuve en Colombia por tres semanas y entonces volví a tomar un avión con destino California, mi nuevo (y temporal) hogar. Ahora trabajo para un histérica mujer que me hace recordar con devoción infinita a mis maravillosos jefes anteriores, todos brillantes, todos amables, todos decentes. Pero no me puedo quejar, la vida me sonríe.

He vuelto a encontrar al que puedo llamar “el amor de mi vida”, y no se preocupen que no estoy hablando de mi novio, hablo de la sensación de estar en un lugar nuevo, de la frustración e ira, de las pequeñas alegrías, de vivir en un mundo con estaciones, con nuevos sabores y olores, en otro idioma, en otro contexto y en otra cultura. No crean que no quiero volver, hay noches en las que extraño con locura un bar en Bogotá en el que sirvan cervezas con limón y sal, y en el que uno pueda hablar basura con los amigos de toda la vida. Pero mientras pueda mantenerme por fuera, mientras las visas y el dinero me lo permitan, lo haré.

 ¿Historias por contar? Muchas. Hoy quiero hablar de mi viaje a Wagah, la frontera entre India y Pakistán. Esa es la secuencia cronológica de la historia que hace meses deje olvidada cuando les contaba de Amritsar y el Templo Dorado.

Mi visita al Templo Dorado había terminado cuando empezamos a recorrer los que en los libros para viajeros denominan “vibrantes mercados”. Para pasar las calles hay que tomar de la mano al resto de extranjeros cuya vida en esas ciudades llenas de semáforos y cebras, que la gente efectivamente respeta, ha impedido adquieran las diestras habilidades que los colombianos poseemos. Y nada que decir del regateo, recordé con orgullo aquellas cortas expediciones con mis primos a San Andresito cuando no tenía más de 10 años. Esas habilidades dormidas despertaron en mí. El éxito está en no ceder y no subestimar al adversario, que no es más que un curtido negociante indio que abre sus ojos con codicia cuando ve a un grupo de turistas.

Amritsar queda a 30 kilómetros de Lahore, la capital de Pakistán, y a 20 minutos en carro de Wagah, la frontera. Por eso, y porque alrededor del 50% de la ciudad es musulmana, fue territorio de disputa entre los dos países cuando en 1947 se estableció la frontera que hoy divide al Punjab. La relación entre India y Pakistán es bien interesante, es algo así como un largo conflicto entre dos hermanos que a pesar de todo se quieren. Y porque se quieren continúan desde 1959 realizando todos los días una ceremonia de intercambio de banderas en la frontera, a pesar de la evidente tensión política.

La ceremonia se realiza al atardecer. A ambos lados de la frontera levantan tribunas que dejan en la mitad un camino para el evento militar. Del lado indio hay una tribuna para las mujeres y una para los hombres; del lado pakistaní, hay dos tribunas llenas de hombres y unas pocas mujeres vistiendo burkas de varios colores. El lugar está lleno de soldados.

Por supuesto yo estaba medio perdida, no entendía bien lo que pasaba ni mucho menos los que la gente decía. Entonces una mujer nos tomo de la mano a una amiga y a mí, y nos ayudo a llegar a la parte baja de la tribuna y la música comenzó. Decenas de mujeres del lado indio bajaron al espacio entre las dos tribunas y empezaron a bailar. Sólo entendí cuando gritaban: “IN-DI-AAA”, y todos aplaudían. Cantaban y bailaban, y terminamos con ellas bailando y cantando a favor de un país que no puede ser más diferente al mío. Pero en ese momento cuando veía esos burkas al otro lado sentí que al menos a las mujeres en la India se les permite bailar y cantar con sus rostros descubiertos. Me sentí más cercana a India.

Cuando la música terminó los soldados nos pidieron subir de nuevo a la tribuna. Y la ceremonia comenzó. Balas de salva fueron disparadas y en medio de gritos militares cuatro soldados (mujeres!!) indias marcharon a encontrarse con cuatro soldados pakistanís. Un oficial gritaba “Jai Hind” y la multitud respondía al unísono “Jai Hind… In-di-aa!!”. Y cuatro soldados más salían de ambos lados a encontrarse, mientras las banderas descendían. Era evidentemente una competencia, entre los soldados y entre las tribunas. Todo estaba perfectamente coordinado, las balas de salva con la marcha y los saltos, los gritos del oficial con la tribuna. La ceremonia duró alrededor de 10 minutos… 10 maravillosos minutos.

En nuestro regreso a Amritsar nos encontramos con una valla enorme: “Welcome to India, the largest democracy in the world”.