lunes, 14 de abril de 2014

Llegando a Turquía

Mi viaje a Turquía ocurrió sin mucha preparación, una compañera de clase me invitó a su casa dos semanas antes de las vacaciones de Pascua. Dije que no pensando que los tiquetes serían carísimos, y me sorprendió darme cuenta que el trayecto Bogotá - Pereira que tantas veces he pagado a Avianca es más costoso que un tiquete ida y vuelta de Londres a Esmirna. Compré los tiquetes, esos y otros Esmirna - Estambul igual de baratos, y durante los siguientes días me concentré en mis presentaciones finales, en una mudanza inesperada y en otros tantos problemas técnicos que vivimos los estudiantes colombianos en el extranjero que dependemos de alguna institución en Colombia. No volví a pensar en Turquía hasta la noche antes del viaje cuando empaqué ocho kilos de equipaje para una semana y después de dormir unas tres horas a las 4 am salí de mi casa.

Llegué a Esmirna al final de la tarde. El sol entraba por los enormes ventanales de un aeropuerto gigante, todos los pasajeros caminamos por los corredores siguiendo la señal que nos indicaba donde podíamos recoger nuestro equipaje, llegamos a ese punto y los que sólo traíamos equipaje continuamos hacía la salida. Fue entonces cuando una mujer llegó corriendo y gritando algo en turco, yo la miraba mientras ella con sus manos nos indicaba que nos teníamos que devolver, fue entonces que dijo en inglés: "Passport control, passport control!". ¿Cómo uno llega a la salida de un aeropuerto internacional sin pasar por control d inmigración? No lo sé, sólo puedo decirles que yo seguí al grupo y el grupo siguió las señales, nadie lo hizo nada incorrecto, nadie trató de evitar el control de inmigración. La situación me pareció muy divertida, y empecé a reír cuando me di cuenta que la mujer que nos daba instrucciones no tenía idea cómo llegar desde donde estábamos a Inmigración, que al parecer estaba detrás de una pared que con insistencia señalaba. Después de unos quince minutos en los que vi feliz como los turcos viven sin afán, sin la necesidad de llegar a ninguna parte a tiempo y esperaban tranquilos las indicaciones que finalmente nos llevaron a la fila de Inmigración.

Hice la fila como mi pasaporte en mano, esa libretica vinotinto que para mí vale su peso en oro. Llegué a la ventana y un oficial la tomó y vio "República de Colombia" y con una enorme sonrisa me vio y dijo: "Oh, you are Colombian". Lo mire y contesté: "Yes, I am". Él escribió un par de cosas en su computador y buscó una página en blanco, selló mi pasaporte y dijo: "Welcome. Enjoy my country". Nunca en la vida había vivido un control de pasaporte más fácil y tranquilo, ese oficial estaba honestamente feliz de tenerme como turista en su país y después de varios días allá puedo decirles que no es el único turco feliz de tenernos como visitantes. De verdad espero que nuestros agentes de migración en Colombia sean tan amables con los turcos como ellos son con nosotros cuando llegamos a su país.

Salí y me encontré finalmente con mi amiga. Entonces salimos con rumbo a su casa mientras yo maravillada miraba por la ventana una ciudad en la que tengo seguridad podría vivir feliz algunos años. 

domingo, 13 de abril de 2014

Viajar

La felicidad es una emoción compleja. Yo, espero que al igual que todos, he sido feliz muchas veces en mi vida. Pero hay momentos puntuales en los cuales esos momentos de felicidad se han mezclado con exaltación y se han vuelto memorables, esos no han sido muchos. Y esos son los que producen felicidad que perdura por años. Hay algo en común con todos ellos, cuando he sentido esa enorme felicidad en mi pecho, he estado a miles de kilómetros de mi casa: viajar es la mayor fuente de felicidad que he conocido en la vida.

Pero no es cualquier clase de viaje. No podría imaginar sentir enorme felicidad en la piscina de un hotel en el Caribe; eso me produciría simplemente placer, que por cierto no es poco. Pero los momentos sublimes, esos pocos segundos en los que me he sentido completamente maravillada con el mundo han sido en después de muchas horas de caminatas, cansada, cargando una maleta en mi espalda, con poco dinero y tratando de seguir un plan que no siempre es tan acertado como debería. Porque viajar no es un asunto de dinero ni lujos, ni se necesita ser un experto para hacerlo, conozco muchas personas que han emprendido aventuras por el mundo sólo con su convicción y determinación.

Decidí volver a escribir aquí por ese motivo, porque a veces necesitamos recordarnos a nosotros mismos que para ser felices necesitamos antes que cualquier otra cosa: determinación. No quiero perder la mía, no quiero nunca olvidar que aquellos momentos sublimes en los que he sido dueña del mundo han el resultado de saltos al vacío, de confiar en la bondad de otros y de creer que siempre es posible encontrar el camino de regreso a casa.