domingo, 22 de mayo de 2011

Viaje a Amritsar (Parte 1)


El Templo Dorado

Mi primer viaje por fuera de Delhi tuvo por destino Amritsar.

Amritsar es una ciudad de más de un millón y medio de habitantes que se encuentra localizada en el estado de Punjab al noroeste de India. Es el centro cultural, religioso y político del Sikhismo, una religión que sólo tiene seguidores en este país -20 millones- y que es una mezcla entre el hinduismo y el islam. La ciudad recibe en promedio 130.000 turistas cada semana, la mayoría de ellos la visitan con el único propósito de conocer el “Templo Dorado”.

Salí de Delhi un viernes por la noche, llegué el sábado por la mañana. Amritsar es un pueblo grande, como lo son casi todas las “ciudades” que he visitado en India. No hay edificios altos, las calles están atiborradas de vendedores, de carros, de rickshaws, de ciclo-risckshaws y por supuesto de peatones que sufren la ausencia de andenes. Mis amigos y yo tomamos un ciclo-rickshaws y pedimos nos llevarán directamente al Templo, en el camino el conductor se detuvo en un hotel y nos dio a entender con las pocas palabras que conocía en inglés que todos los demás hoteles de la ciudad estaban copados. Nos negamos a entrar al hotel al que él nos había conducido y le pedimos nuevamente nos llevara hasta el Templo, él insistió por varios minutos, finalmente se molestó, nos hizo bajar del vehículo y se fue por el mismo camino por el que nos trajo. Esa es la muy conocida “comisión”, funciona en todo el mundo, el conductor le dice al turista que no va a encontrar otro hotel y éste por temor a pasar la noche a la intemperie se aloja en el lugar al que lo han conducido, por supuesto por la habitación le cobran el doble y el conductor obtiene parte de ese dinero.

Tomamos otro ciclo-rickshaw, nuevamente pedimos ir al Templo Dorado. El recuerdo de ese corto trayecto lo tengo muy vivo en mi memoria. El hombre, que debía pasar los 40 años, estaba feliz. Giraba su cabeza para mirarnos y sonreía todo el tiempo, le faltaban varios dientes y los que le quedaban no estaban en las mejores condiciones. Hablaba sin parar… ¿Qué decía?... Bueno, no tengo idea... Yo no hablo hindi. Finalmente llegamos a unas pocas cuadras del Templo, hasta ahí pueden ir los vehículos. Cuando nos bajamos el hombre de repente tomó mi mano y dijo: “I… good… husband”… Si señores, exactamente lo que ustedes están pensando… Al buen entendedor pocas palabras… El elegante caballero me propuso matrimonio… Una historia de amor pudo iniciar en ese momento, pude decirle que sí, que mi sueño en la vida era casarme con un conductor de ciclo-rickshaw en un pueblo perdido de la India… Pero contra toda predicción decline de su oferta con un “No, no, no, no”, mientras uno de mis amigos, que es indio y habla perfectamente hindi, se bajaba del ciclo-rickshaw gritando no sé que cantidad de cosas… Mi galante pretendiente huyó tan pronto recibió el pago por sus servicios. Nunca nos volvimos a ver.

Debo confesarles que mi desilusión amorosa duró poco. A los pocos minutos me encontraba frente al complejo de edificios que rodean al Templo Dorado, que es en una sola palabra magnifico. La construcción del templo inició en el siglo XVI bajo las órdenes de Gurú Ram Das, quien fue también el fundador de Amritsar, y terminó bajo la dirección de su sucesor Gurú Arjan. El templo está rodeado por un lago llamado Sarovar (que traduce “néctar sagrado”), para llegar a él hay que cruzar una especie de puente. Desde afuera, donde yo estaba ubicada, sólo podía ver su cúpula, que efectivamente tiene un baño de oro.

La idea de mis amigos era que nos quedáramos en las instalaciones que el Templo tiene destinadas para sus peregrinos. Yo no entendí muy bien en que consistía el asunto hasta que llegamos allí. Literalmente esta especie de albergues (no merecen ser llamados hostales) están ubicados al frente de la entrada al complejo del templo. Lo “mejor” es que por quedarse ahí no cobran, es gratis, todo el que necesite un lugar para dormir es bienvenido. Pongamos las cosas claras… ¿Pueden ustedes imaginar un lugar en Bogotá donde quien se quiera quedar a dormir puede hacerlo sin pagar?... Bueno, pues Amritsar no queda en Colombia, queda en India, las cosas aquí son a otro nivel… Casi muero cuando entendí lo que mis amigos pretendían.

Después de varias conversaciones con los encargados logramos que nos asignaran una habitación… un cuarto pequeñito con dos camas sencillas… que significaba que no íbamos a compartir el piso por la noche con las 500 personas más que allí se alojaron. Porque la gente duerme en todas partes, en el patio central, en los corredores, en el baño, etc. Esa noche descubriría que el huésped anterior del cuarto olvidó su turbante en medio de las sábanas… No pude dormir.

Ahora sí, con una habitación asegurada procedimos a entrar al Templo. Fue en ese momento en el que empezaron las cosas a ponerse complicadas para mí. Pueden llamarme ridícula o lo que se les ocurra, pero cuando me dijeron que para entrar al complejo que rodea al templo tenía que quitarme los zapatos sentí un frío horrible en el estómago. Caminar descalza en el albergue, en la calle y después en ese templo, para una persona que no camina descalza en su propia casa es demasiado. Empecé a ver los pies de las demás personas y puedo decirles que los colombianos podemos tener tal vez los pies más limpios y mejor cuidados del mundo. Pensé en hongos, en parásitos, en la posibilidad de cortarme… Pero no tenía opción…. Finalmente lo hice... Camine por la calle hasta el complejo del Templo Dorado… Las cosas iban bien, con esfuerzo pero lo estaba logrando… Entonces me di cuenta que para acceder al Templo debía lavar mis pies en la misma agua que todos los demás visitantes usaban para lavar los suyos… Trate de evadir el paso, pero uno de los encargados me vio y me hizo regresar, en conclusión, y contra mi sentido común, “lave” mis pies en ese “néctar sagrado” y entré.

viernes, 20 de mayo de 2011

Viaje a Amritsar (Parte 2)


El Templo Dorado: El símbolo de una fusión que nació de un conflicto


En el año 971 nació Mahmud Ghaznawi, el primer Sultán de la historia. Su religión, el sunismo, es la rama más fuerte del Islam en la actualidad, el 85% de los musulmanes del mundo son suníes. El primer Sultán de la historia, como supondrán ustedes, no ganó su título por su encantadora personalidad ni mucho menos por su linda sonrisa, Mahmud Ghaznawi fue un diestro estratega militar capaz de expandir su imperio a las tierras que hoy son Afganistán, Irán, Pakistán y el noreste de India. Conquistar estos territorios no fue fácil, mucha sangre corrió cuando el Sultán cumplió su mandato sagrado de combatir a los infieles.

¿Qué tiene que ver la historia del Sultán con mi viaje? Todo. El Templo Dorado nunca se hubiese construido si este hombre entre 1001 y 1026 no hubiera dirigido diecisiete invasiones contra la India. La razón es que el Sikhismo, la religión que predican los devotos del templo, nació en el siglo XV del conflicto entre los musulmanes y los hindús.

Los sikhs son monoteístas como los musulmanes, su único dios se llama el “Nombre Verdadero”, esto es completamente opuesto al hinduismo, religión politeísta que tiene tantas deidades que sus mismos seguidores no se atreven a dar un número aproximado. Pero sin que esto sea una contradicción los sikhs veneran a 10 gurús, que fueron hombres mortales, y siguen sus enseñanzas que están plasmadas en Gurú Granth Sahib, su libro sagrado. Los sikhs no creen en el sistema de castas del hinduismo, pero si creen en la reencarnación, y creen que la forma de salir del ciclo de reencarnación es a través de su amor por Dios.

El Templo Dorado tiene cuatro puertas que dan a las direcciones cardinales, este es el símbolo de que todo el que quiera venir será bien recibido. Yo ingresé al templo por la puerta occidental atravesando un hermoso arco de mármol llamado Darshni Darwaza. El primer piso del templo se encuentra cubierto de cobre y decorado con frescos y tallados florales con incrustaciones de piedras semi-preciosas. Ya quisiera yo saber de arquitectura para haber podido apreciar en su completa dimensión la belleza del lugar. En el segundo piso hay una pequeña habitación, que es en la que los gurús acostumbraban sentarse. Todo el tiempo se realiza constante lectura del libro sagrado, de principio a fin, con el canto permanente de himnos.

Dentro del Templo aprendí que los sikhs tienen cinco artículos de fe, las “Cinco Ks”. 1) El Kesh que significa pelo largo sin cortar, por eso los hombres llevan turbante, nótese que son los únicos indios que usan turbante. 2) El Khanga, un pequeño peine de madera para recogerse el pelo, y por la mañana cuando se levantaron pude apreciar el dominio con el que sujetan lo que les queda de pelo (después de toda la vida de apretarlo con un turbante están casi calvos). 3) El Kara, un brazalete metálico, símbolo de un solo dios. 4) La Kacha, ropa interior de algodón para recordarles que deben controlar sus deseos sexuales (ojalá todos los indios llevarán un par de estos!). 5) La Kirpán, que antes era una espada, pero que ahora no es más que una pequeña daga, que nunca debe ser usada para atacar, sino para defender, y que por ley están autorizados a portar en todo momento.

Antes de salir del templo comimos, sí señores, sentada en el suelo descalza y alimentándome con mis manos. Entre lo que pusieron en mi plato estaba una especie de arroz con leche que me recordó las tardes de los sábados en la casa de mi abuela. Y contra mi pronóstico inicial, todo estaba completamente limpio, en el templo alimentan, de nuevo gratuitamente, a más de 15.000 personas todos los días. La comida deliciosa.

Al salir lave mis pies con Dettol, un desinfectante que todo mundo usa aquí, pues no encontré alcohol en ninguna parte. No me dieron hongos, no me corte y si tengo algún parasito en mi cuerpo éste está esperando pacientemente mi regreso a Colombia para despedazarme, porque hasta el momento no me ha dolido nada. El Templo Dorado superó mis expectativas… Y después de dormir en el albergue mi casa en Delhi me parecía un hotel 5 estrellas. En pocas palabras, un balance bastante positivo.

jueves, 5 de mayo de 2011

Mi encuentro con el Hāthī


Estoy segura que quien pasa tan sólo una semana en India se va sin ganas de volver. Los primeros días son horribles. No conozco al primer extranjero que me haya dicho que se enamoró de este país en cuanto se bajo del avión… pero sí conozco muchos que después de un tiempo no se quieren ir, que encontraron en India su paraíso.

Definitivamente vivir aquí ha sido la prueba más compleja a mi capacidad de adaptación, la India te abruma y aturde en el primer momento. Mis primeros días pueden resumirse en: sueño, hambre, asco, miedo, angustia e ira. Todo al mismo tiempo y con el ruido ensordecedor de Delhi como banda sonora. Lo peor era ver  que lo que a mí me volvía loca a los demás le resultaba indiferente. Los indios no ven la basura, no escuchan los ruidos, no sienten el caos, no cuestionan nada de eso. En otras palabras su idea de “bienestar” es diferente a la nuestra, su mundo funciona con otras reglas y bajo otras prioridades.

Los humanos tendemos a naturalizar nuestros patrones culturales. Creemos que ese es el deber ser de las cosas, lo natural. Ese es el problema inicial, aceptar que las cosas no tienen un “deber ser” sino que “son”. Lo demás es cuestión de tiempo. A mí hay cosas que me tomaron una semana, otras que me tomaron un mes y otras en las que continúo trabajando… sin contar las que nunca lograré aceptar. Pero en medio de todo me encanta vivir en India.

¿Por qué me gusta India? Simplemente porque me maravilla, porque me exige mantenerle atenta, porque su caos me resulta fantástico, porque aprendo todo el tiempo, porque es diferente. 

Decidí que este lugar me encantaba cuando llevaba diez días aquí, suena raro pero esa decisión fue un acto consciente. Ese día fue caótico, tenía que ir a un evento y me perdí, nadie hablaba inglés, los conductores de los rickshaws se negaban a prender el taxímetro, se estaba haciendo de noche y cuando me di cuenta ya no había mujeres en la calle, en fin, todas las cosas que ustedes se imaginen me pasaron ese día. Llevaba dos horas peleando contra el mundo y ya quería mandar a todos los indios al carajo, me sentía completamente abrumada, tenía ira e indignación porque ¿cómo era posible vivir en medio de todo esto?¿cómo era posible que las cosas más básicas no funcionarán de la manera correcta?¿Por qué era tan complicado lo que debía ser simple?... Y cuando ya no daba más de la nada aparecieron dos elefantes.  Sí, dos elefantes. Traten de imaginar dos elefantes caminando por la Séptima a las 7:30 pm. La avenida estaba llena de carros y todos les dieron paso. Estos elefantes, que tenían la cara y la trompa pintadas de azul, caminaban despacio y el caos se detuvo por un momento, la gente inclinaba la cabeza y no había ruido. Fue mágico ver como el mundo se transformó de repente, fueron sólo unos segundos. Y cuando se fueron los elefantes el circo volvió a empezar y esa gente que se había inclinado ante su deidad volvía a pitar desesperadamente. Eso me pareció tan loco, tan increíble, que ese momento decidí que me gustaba vivir aquí.

Hāthī fue la primera palabra que aprendí en hindi. Hāthī significa elefante. En la India los elefantes son sagrados, representan a Lord Ganesha, una de las supremas deidades del hinduismo. Ver a un elefante es un buen augurio. El día de mi encuentro con dos Hāthī me empecé a enamorar de India.