jueves, 5 de mayo de 2011

Mi encuentro con el Hāthī


Estoy segura que quien pasa tan sólo una semana en India se va sin ganas de volver. Los primeros días son horribles. No conozco al primer extranjero que me haya dicho que se enamoró de este país en cuanto se bajo del avión… pero sí conozco muchos que después de un tiempo no se quieren ir, que encontraron en India su paraíso.

Definitivamente vivir aquí ha sido la prueba más compleja a mi capacidad de adaptación, la India te abruma y aturde en el primer momento. Mis primeros días pueden resumirse en: sueño, hambre, asco, miedo, angustia e ira. Todo al mismo tiempo y con el ruido ensordecedor de Delhi como banda sonora. Lo peor era ver  que lo que a mí me volvía loca a los demás le resultaba indiferente. Los indios no ven la basura, no escuchan los ruidos, no sienten el caos, no cuestionan nada de eso. En otras palabras su idea de “bienestar” es diferente a la nuestra, su mundo funciona con otras reglas y bajo otras prioridades.

Los humanos tendemos a naturalizar nuestros patrones culturales. Creemos que ese es el deber ser de las cosas, lo natural. Ese es el problema inicial, aceptar que las cosas no tienen un “deber ser” sino que “son”. Lo demás es cuestión de tiempo. A mí hay cosas que me tomaron una semana, otras que me tomaron un mes y otras en las que continúo trabajando… sin contar las que nunca lograré aceptar. Pero en medio de todo me encanta vivir en India.

¿Por qué me gusta India? Simplemente porque me maravilla, porque me exige mantenerle atenta, porque su caos me resulta fantástico, porque aprendo todo el tiempo, porque es diferente. 

Decidí que este lugar me encantaba cuando llevaba diez días aquí, suena raro pero esa decisión fue un acto consciente. Ese día fue caótico, tenía que ir a un evento y me perdí, nadie hablaba inglés, los conductores de los rickshaws se negaban a prender el taxímetro, se estaba haciendo de noche y cuando me di cuenta ya no había mujeres en la calle, en fin, todas las cosas que ustedes se imaginen me pasaron ese día. Llevaba dos horas peleando contra el mundo y ya quería mandar a todos los indios al carajo, me sentía completamente abrumada, tenía ira e indignación porque ¿cómo era posible vivir en medio de todo esto?¿cómo era posible que las cosas más básicas no funcionarán de la manera correcta?¿Por qué era tan complicado lo que debía ser simple?... Y cuando ya no daba más de la nada aparecieron dos elefantes.  Sí, dos elefantes. Traten de imaginar dos elefantes caminando por la Séptima a las 7:30 pm. La avenida estaba llena de carros y todos les dieron paso. Estos elefantes, que tenían la cara y la trompa pintadas de azul, caminaban despacio y el caos se detuvo por un momento, la gente inclinaba la cabeza y no había ruido. Fue mágico ver como el mundo se transformó de repente, fueron sólo unos segundos. Y cuando se fueron los elefantes el circo volvió a empezar y esa gente que se había inclinado ante su deidad volvía a pitar desesperadamente. Eso me pareció tan loco, tan increíble, que ese momento decidí que me gustaba vivir aquí.

Hāthī fue la primera palabra que aprendí en hindi. Hāthī significa elefante. En la India los elefantes son sagrados, representan a Lord Ganesha, una de las supremas deidades del hinduismo. Ver a un elefante es un buen augurio. El día de mi encuentro con dos Hāthī me empecé a enamorar de India.


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