lunes, 14 de abril de 2014

Llegando a Turquía

Mi viaje a Turquía ocurrió sin mucha preparación, una compañera de clase me invitó a su casa dos semanas antes de las vacaciones de Pascua. Dije que no pensando que los tiquetes serían carísimos, y me sorprendió darme cuenta que el trayecto Bogotá - Pereira que tantas veces he pagado a Avianca es más costoso que un tiquete ida y vuelta de Londres a Esmirna. Compré los tiquetes, esos y otros Esmirna - Estambul igual de baratos, y durante los siguientes días me concentré en mis presentaciones finales, en una mudanza inesperada y en otros tantos problemas técnicos que vivimos los estudiantes colombianos en el extranjero que dependemos de alguna institución en Colombia. No volví a pensar en Turquía hasta la noche antes del viaje cuando empaqué ocho kilos de equipaje para una semana y después de dormir unas tres horas a las 4 am salí de mi casa.

Llegué a Esmirna al final de la tarde. El sol entraba por los enormes ventanales de un aeropuerto gigante, todos los pasajeros caminamos por los corredores siguiendo la señal que nos indicaba donde podíamos recoger nuestro equipaje, llegamos a ese punto y los que sólo traíamos equipaje continuamos hacía la salida. Fue entonces cuando una mujer llegó corriendo y gritando algo en turco, yo la miraba mientras ella con sus manos nos indicaba que nos teníamos que devolver, fue entonces que dijo en inglés: "Passport control, passport control!". ¿Cómo uno llega a la salida de un aeropuerto internacional sin pasar por control d inmigración? No lo sé, sólo puedo decirles que yo seguí al grupo y el grupo siguió las señales, nadie lo hizo nada incorrecto, nadie trató de evitar el control de inmigración. La situación me pareció muy divertida, y empecé a reír cuando me di cuenta que la mujer que nos daba instrucciones no tenía idea cómo llegar desde donde estábamos a Inmigración, que al parecer estaba detrás de una pared que con insistencia señalaba. Después de unos quince minutos en los que vi feliz como los turcos viven sin afán, sin la necesidad de llegar a ninguna parte a tiempo y esperaban tranquilos las indicaciones que finalmente nos llevaron a la fila de Inmigración.

Hice la fila como mi pasaporte en mano, esa libretica vinotinto que para mí vale su peso en oro. Llegué a la ventana y un oficial la tomó y vio "República de Colombia" y con una enorme sonrisa me vio y dijo: "Oh, you are Colombian". Lo mire y contesté: "Yes, I am". Él escribió un par de cosas en su computador y buscó una página en blanco, selló mi pasaporte y dijo: "Welcome. Enjoy my country". Nunca en la vida había vivido un control de pasaporte más fácil y tranquilo, ese oficial estaba honestamente feliz de tenerme como turista en su país y después de varios días allá puedo decirles que no es el único turco feliz de tenernos como visitantes. De verdad espero que nuestros agentes de migración en Colombia sean tan amables con los turcos como ellos son con nosotros cuando llegamos a su país.

Salí y me encontré finalmente con mi amiga. Entonces salimos con rumbo a su casa mientras yo maravillada miraba por la ventana una ciudad en la que tengo seguridad podría vivir feliz algunos años. 

domingo, 13 de abril de 2014

Viajar

La felicidad es una emoción compleja. Yo, espero que al igual que todos, he sido feliz muchas veces en mi vida. Pero hay momentos puntuales en los cuales esos momentos de felicidad se han mezclado con exaltación y se han vuelto memorables, esos no han sido muchos. Y esos son los que producen felicidad que perdura por años. Hay algo en común con todos ellos, cuando he sentido esa enorme felicidad en mi pecho, he estado a miles de kilómetros de mi casa: viajar es la mayor fuente de felicidad que he conocido en la vida.

Pero no es cualquier clase de viaje. No podría imaginar sentir enorme felicidad en la piscina de un hotel en el Caribe; eso me produciría simplemente placer, que por cierto no es poco. Pero los momentos sublimes, esos pocos segundos en los que me he sentido completamente maravillada con el mundo han sido en después de muchas horas de caminatas, cansada, cargando una maleta en mi espalda, con poco dinero y tratando de seguir un plan que no siempre es tan acertado como debería. Porque viajar no es un asunto de dinero ni lujos, ni se necesita ser un experto para hacerlo, conozco muchas personas que han emprendido aventuras por el mundo sólo con su convicción y determinación.

Decidí volver a escribir aquí por ese motivo, porque a veces necesitamos recordarnos a nosotros mismos que para ser felices necesitamos antes que cualquier otra cosa: determinación. No quiero perder la mía, no quiero nunca olvidar que aquellos momentos sublimes en los que he sido dueña del mundo han el resultado de saltos al vacío, de confiar en la bondad de otros y de creer que siempre es posible encontrar el camino de regreso a casa. 

sábado, 28 de enero de 2012

Viaje a la frontera: "Jai Hind"

Una de las cosas que más amo de la vida es que nunca existe la certeza absoluta del futuro.

Hace un año no estaba aún totalmente segura que iba a viajar a la India. Estaba todavía perdida en medio de la burocracia de un convenio a medio firmar, una cantidad de seguros que mi universidad debía comprar y más de un funcionario que no tenía el más mínimo interés en ayudarme. Pero pasó, viví en Nueva Delhi por seis meses, y en mi regreso a casa tuve una aventura por 17 ciudades en Europa. Estuve en Colombia por tres semanas y entonces volví a tomar un avión con destino California, mi nuevo (y temporal) hogar. Ahora trabajo para un histérica mujer que me hace recordar con devoción infinita a mis maravillosos jefes anteriores, todos brillantes, todos amables, todos decentes. Pero no me puedo quejar, la vida me sonríe.

He vuelto a encontrar al que puedo llamar “el amor de mi vida”, y no se preocupen que no estoy hablando de mi novio, hablo de la sensación de estar en un lugar nuevo, de la frustración e ira, de las pequeñas alegrías, de vivir en un mundo con estaciones, con nuevos sabores y olores, en otro idioma, en otro contexto y en otra cultura. No crean que no quiero volver, hay noches en las que extraño con locura un bar en Bogotá en el que sirvan cervezas con limón y sal, y en el que uno pueda hablar basura con los amigos de toda la vida. Pero mientras pueda mantenerme por fuera, mientras las visas y el dinero me lo permitan, lo haré.

 ¿Historias por contar? Muchas. Hoy quiero hablar de mi viaje a Wagah, la frontera entre India y Pakistán. Esa es la secuencia cronológica de la historia que hace meses deje olvidada cuando les contaba de Amritsar y el Templo Dorado.

Mi visita al Templo Dorado había terminado cuando empezamos a recorrer los que en los libros para viajeros denominan “vibrantes mercados”. Para pasar las calles hay que tomar de la mano al resto de extranjeros cuya vida en esas ciudades llenas de semáforos y cebras, que la gente efectivamente respeta, ha impedido adquieran las diestras habilidades que los colombianos poseemos. Y nada que decir del regateo, recordé con orgullo aquellas cortas expediciones con mis primos a San Andresito cuando no tenía más de 10 años. Esas habilidades dormidas despertaron en mí. El éxito está en no ceder y no subestimar al adversario, que no es más que un curtido negociante indio que abre sus ojos con codicia cuando ve a un grupo de turistas.

Amritsar queda a 30 kilómetros de Lahore, la capital de Pakistán, y a 20 minutos en carro de Wagah, la frontera. Por eso, y porque alrededor del 50% de la ciudad es musulmana, fue territorio de disputa entre los dos países cuando en 1947 se estableció la frontera que hoy divide al Punjab. La relación entre India y Pakistán es bien interesante, es algo así como un largo conflicto entre dos hermanos que a pesar de todo se quieren. Y porque se quieren continúan desde 1959 realizando todos los días una ceremonia de intercambio de banderas en la frontera, a pesar de la evidente tensión política.

La ceremonia se realiza al atardecer. A ambos lados de la frontera levantan tribunas que dejan en la mitad un camino para el evento militar. Del lado indio hay una tribuna para las mujeres y una para los hombres; del lado pakistaní, hay dos tribunas llenas de hombres y unas pocas mujeres vistiendo burkas de varios colores. El lugar está lleno de soldados.

Por supuesto yo estaba medio perdida, no entendía bien lo que pasaba ni mucho menos los que la gente decía. Entonces una mujer nos tomo de la mano a una amiga y a mí, y nos ayudo a llegar a la parte baja de la tribuna y la música comenzó. Decenas de mujeres del lado indio bajaron al espacio entre las dos tribunas y empezaron a bailar. Sólo entendí cuando gritaban: “IN-DI-AAA”, y todos aplaudían. Cantaban y bailaban, y terminamos con ellas bailando y cantando a favor de un país que no puede ser más diferente al mío. Pero en ese momento cuando veía esos burkas al otro lado sentí que al menos a las mujeres en la India se les permite bailar y cantar con sus rostros descubiertos. Me sentí más cercana a India.

Cuando la música terminó los soldados nos pidieron subir de nuevo a la tribuna. Y la ceremonia comenzó. Balas de salva fueron disparadas y en medio de gritos militares cuatro soldados (mujeres!!) indias marcharon a encontrarse con cuatro soldados pakistanís. Un oficial gritaba “Jai Hind” y la multitud respondía al unísono “Jai Hind… In-di-aa!!”. Y cuatro soldados más salían de ambos lados a encontrarse, mientras las banderas descendían. Era evidentemente una competencia, entre los soldados y entre las tribunas. Todo estaba perfectamente coordinado, las balas de salva con la marcha y los saltos, los gritos del oficial con la tribuna. La ceremonia duró alrededor de 10 minutos… 10 maravillosos minutos.

En nuestro regreso a Amritsar nos encontramos con una valla enorme: “Welcome to India, the largest democracy in the world”.

domingo, 22 de mayo de 2011

Viaje a Amritsar (Parte 1)


El Templo Dorado

Mi primer viaje por fuera de Delhi tuvo por destino Amritsar.

Amritsar es una ciudad de más de un millón y medio de habitantes que se encuentra localizada en el estado de Punjab al noroeste de India. Es el centro cultural, religioso y político del Sikhismo, una religión que sólo tiene seguidores en este país -20 millones- y que es una mezcla entre el hinduismo y el islam. La ciudad recibe en promedio 130.000 turistas cada semana, la mayoría de ellos la visitan con el único propósito de conocer el “Templo Dorado”.

Salí de Delhi un viernes por la noche, llegué el sábado por la mañana. Amritsar es un pueblo grande, como lo son casi todas las “ciudades” que he visitado en India. No hay edificios altos, las calles están atiborradas de vendedores, de carros, de rickshaws, de ciclo-risckshaws y por supuesto de peatones que sufren la ausencia de andenes. Mis amigos y yo tomamos un ciclo-rickshaws y pedimos nos llevarán directamente al Templo, en el camino el conductor se detuvo en un hotel y nos dio a entender con las pocas palabras que conocía en inglés que todos los demás hoteles de la ciudad estaban copados. Nos negamos a entrar al hotel al que él nos había conducido y le pedimos nuevamente nos llevara hasta el Templo, él insistió por varios minutos, finalmente se molestó, nos hizo bajar del vehículo y se fue por el mismo camino por el que nos trajo. Esa es la muy conocida “comisión”, funciona en todo el mundo, el conductor le dice al turista que no va a encontrar otro hotel y éste por temor a pasar la noche a la intemperie se aloja en el lugar al que lo han conducido, por supuesto por la habitación le cobran el doble y el conductor obtiene parte de ese dinero.

Tomamos otro ciclo-rickshaw, nuevamente pedimos ir al Templo Dorado. El recuerdo de ese corto trayecto lo tengo muy vivo en mi memoria. El hombre, que debía pasar los 40 años, estaba feliz. Giraba su cabeza para mirarnos y sonreía todo el tiempo, le faltaban varios dientes y los que le quedaban no estaban en las mejores condiciones. Hablaba sin parar… ¿Qué decía?... Bueno, no tengo idea... Yo no hablo hindi. Finalmente llegamos a unas pocas cuadras del Templo, hasta ahí pueden ir los vehículos. Cuando nos bajamos el hombre de repente tomó mi mano y dijo: “I… good… husband”… Si señores, exactamente lo que ustedes están pensando… Al buen entendedor pocas palabras… El elegante caballero me propuso matrimonio… Una historia de amor pudo iniciar en ese momento, pude decirle que sí, que mi sueño en la vida era casarme con un conductor de ciclo-rickshaw en un pueblo perdido de la India… Pero contra toda predicción decline de su oferta con un “No, no, no, no”, mientras uno de mis amigos, que es indio y habla perfectamente hindi, se bajaba del ciclo-rickshaw gritando no sé que cantidad de cosas… Mi galante pretendiente huyó tan pronto recibió el pago por sus servicios. Nunca nos volvimos a ver.

Debo confesarles que mi desilusión amorosa duró poco. A los pocos minutos me encontraba frente al complejo de edificios que rodean al Templo Dorado, que es en una sola palabra magnifico. La construcción del templo inició en el siglo XVI bajo las órdenes de Gurú Ram Das, quien fue también el fundador de Amritsar, y terminó bajo la dirección de su sucesor Gurú Arjan. El templo está rodeado por un lago llamado Sarovar (que traduce “néctar sagrado”), para llegar a él hay que cruzar una especie de puente. Desde afuera, donde yo estaba ubicada, sólo podía ver su cúpula, que efectivamente tiene un baño de oro.

La idea de mis amigos era que nos quedáramos en las instalaciones que el Templo tiene destinadas para sus peregrinos. Yo no entendí muy bien en que consistía el asunto hasta que llegamos allí. Literalmente esta especie de albergues (no merecen ser llamados hostales) están ubicados al frente de la entrada al complejo del templo. Lo “mejor” es que por quedarse ahí no cobran, es gratis, todo el que necesite un lugar para dormir es bienvenido. Pongamos las cosas claras… ¿Pueden ustedes imaginar un lugar en Bogotá donde quien se quiera quedar a dormir puede hacerlo sin pagar?... Bueno, pues Amritsar no queda en Colombia, queda en India, las cosas aquí son a otro nivel… Casi muero cuando entendí lo que mis amigos pretendían.

Después de varias conversaciones con los encargados logramos que nos asignaran una habitación… un cuarto pequeñito con dos camas sencillas… que significaba que no íbamos a compartir el piso por la noche con las 500 personas más que allí se alojaron. Porque la gente duerme en todas partes, en el patio central, en los corredores, en el baño, etc. Esa noche descubriría que el huésped anterior del cuarto olvidó su turbante en medio de las sábanas… No pude dormir.

Ahora sí, con una habitación asegurada procedimos a entrar al Templo. Fue en ese momento en el que empezaron las cosas a ponerse complicadas para mí. Pueden llamarme ridícula o lo que se les ocurra, pero cuando me dijeron que para entrar al complejo que rodea al templo tenía que quitarme los zapatos sentí un frío horrible en el estómago. Caminar descalza en el albergue, en la calle y después en ese templo, para una persona que no camina descalza en su propia casa es demasiado. Empecé a ver los pies de las demás personas y puedo decirles que los colombianos podemos tener tal vez los pies más limpios y mejor cuidados del mundo. Pensé en hongos, en parásitos, en la posibilidad de cortarme… Pero no tenía opción…. Finalmente lo hice... Camine por la calle hasta el complejo del Templo Dorado… Las cosas iban bien, con esfuerzo pero lo estaba logrando… Entonces me di cuenta que para acceder al Templo debía lavar mis pies en la misma agua que todos los demás visitantes usaban para lavar los suyos… Trate de evadir el paso, pero uno de los encargados me vio y me hizo regresar, en conclusión, y contra mi sentido común, “lave” mis pies en ese “néctar sagrado” y entré.

viernes, 20 de mayo de 2011

Viaje a Amritsar (Parte 2)


El Templo Dorado: El símbolo de una fusión que nació de un conflicto


En el año 971 nació Mahmud Ghaznawi, el primer Sultán de la historia. Su religión, el sunismo, es la rama más fuerte del Islam en la actualidad, el 85% de los musulmanes del mundo son suníes. El primer Sultán de la historia, como supondrán ustedes, no ganó su título por su encantadora personalidad ni mucho menos por su linda sonrisa, Mahmud Ghaznawi fue un diestro estratega militar capaz de expandir su imperio a las tierras que hoy son Afganistán, Irán, Pakistán y el noreste de India. Conquistar estos territorios no fue fácil, mucha sangre corrió cuando el Sultán cumplió su mandato sagrado de combatir a los infieles.

¿Qué tiene que ver la historia del Sultán con mi viaje? Todo. El Templo Dorado nunca se hubiese construido si este hombre entre 1001 y 1026 no hubiera dirigido diecisiete invasiones contra la India. La razón es que el Sikhismo, la religión que predican los devotos del templo, nació en el siglo XV del conflicto entre los musulmanes y los hindús.

Los sikhs son monoteístas como los musulmanes, su único dios se llama el “Nombre Verdadero”, esto es completamente opuesto al hinduismo, religión politeísta que tiene tantas deidades que sus mismos seguidores no se atreven a dar un número aproximado. Pero sin que esto sea una contradicción los sikhs veneran a 10 gurús, que fueron hombres mortales, y siguen sus enseñanzas que están plasmadas en Gurú Granth Sahib, su libro sagrado. Los sikhs no creen en el sistema de castas del hinduismo, pero si creen en la reencarnación, y creen que la forma de salir del ciclo de reencarnación es a través de su amor por Dios.

El Templo Dorado tiene cuatro puertas que dan a las direcciones cardinales, este es el símbolo de que todo el que quiera venir será bien recibido. Yo ingresé al templo por la puerta occidental atravesando un hermoso arco de mármol llamado Darshni Darwaza. El primer piso del templo se encuentra cubierto de cobre y decorado con frescos y tallados florales con incrustaciones de piedras semi-preciosas. Ya quisiera yo saber de arquitectura para haber podido apreciar en su completa dimensión la belleza del lugar. En el segundo piso hay una pequeña habitación, que es en la que los gurús acostumbraban sentarse. Todo el tiempo se realiza constante lectura del libro sagrado, de principio a fin, con el canto permanente de himnos.

Dentro del Templo aprendí que los sikhs tienen cinco artículos de fe, las “Cinco Ks”. 1) El Kesh que significa pelo largo sin cortar, por eso los hombres llevan turbante, nótese que son los únicos indios que usan turbante. 2) El Khanga, un pequeño peine de madera para recogerse el pelo, y por la mañana cuando se levantaron pude apreciar el dominio con el que sujetan lo que les queda de pelo (después de toda la vida de apretarlo con un turbante están casi calvos). 3) El Kara, un brazalete metálico, símbolo de un solo dios. 4) La Kacha, ropa interior de algodón para recordarles que deben controlar sus deseos sexuales (ojalá todos los indios llevarán un par de estos!). 5) La Kirpán, que antes era una espada, pero que ahora no es más que una pequeña daga, que nunca debe ser usada para atacar, sino para defender, y que por ley están autorizados a portar en todo momento.

Antes de salir del templo comimos, sí señores, sentada en el suelo descalza y alimentándome con mis manos. Entre lo que pusieron en mi plato estaba una especie de arroz con leche que me recordó las tardes de los sábados en la casa de mi abuela. Y contra mi pronóstico inicial, todo estaba completamente limpio, en el templo alimentan, de nuevo gratuitamente, a más de 15.000 personas todos los días. La comida deliciosa.

Al salir lave mis pies con Dettol, un desinfectante que todo mundo usa aquí, pues no encontré alcohol en ninguna parte. No me dieron hongos, no me corte y si tengo algún parasito en mi cuerpo éste está esperando pacientemente mi regreso a Colombia para despedazarme, porque hasta el momento no me ha dolido nada. El Templo Dorado superó mis expectativas… Y después de dormir en el albergue mi casa en Delhi me parecía un hotel 5 estrellas. En pocas palabras, un balance bastante positivo.

jueves, 5 de mayo de 2011

Mi encuentro con el Hāthī


Estoy segura que quien pasa tan sólo una semana en India se va sin ganas de volver. Los primeros días son horribles. No conozco al primer extranjero que me haya dicho que se enamoró de este país en cuanto se bajo del avión… pero sí conozco muchos que después de un tiempo no se quieren ir, que encontraron en India su paraíso.

Definitivamente vivir aquí ha sido la prueba más compleja a mi capacidad de adaptación, la India te abruma y aturde en el primer momento. Mis primeros días pueden resumirse en: sueño, hambre, asco, miedo, angustia e ira. Todo al mismo tiempo y con el ruido ensordecedor de Delhi como banda sonora. Lo peor era ver  que lo que a mí me volvía loca a los demás le resultaba indiferente. Los indios no ven la basura, no escuchan los ruidos, no sienten el caos, no cuestionan nada de eso. En otras palabras su idea de “bienestar” es diferente a la nuestra, su mundo funciona con otras reglas y bajo otras prioridades.

Los humanos tendemos a naturalizar nuestros patrones culturales. Creemos que ese es el deber ser de las cosas, lo natural. Ese es el problema inicial, aceptar que las cosas no tienen un “deber ser” sino que “son”. Lo demás es cuestión de tiempo. A mí hay cosas que me tomaron una semana, otras que me tomaron un mes y otras en las que continúo trabajando… sin contar las que nunca lograré aceptar. Pero en medio de todo me encanta vivir en India.

¿Por qué me gusta India? Simplemente porque me maravilla, porque me exige mantenerle atenta, porque su caos me resulta fantástico, porque aprendo todo el tiempo, porque es diferente. 

Decidí que este lugar me encantaba cuando llevaba diez días aquí, suena raro pero esa decisión fue un acto consciente. Ese día fue caótico, tenía que ir a un evento y me perdí, nadie hablaba inglés, los conductores de los rickshaws se negaban a prender el taxímetro, se estaba haciendo de noche y cuando me di cuenta ya no había mujeres en la calle, en fin, todas las cosas que ustedes se imaginen me pasaron ese día. Llevaba dos horas peleando contra el mundo y ya quería mandar a todos los indios al carajo, me sentía completamente abrumada, tenía ira e indignación porque ¿cómo era posible vivir en medio de todo esto?¿cómo era posible que las cosas más básicas no funcionarán de la manera correcta?¿Por qué era tan complicado lo que debía ser simple?... Y cuando ya no daba más de la nada aparecieron dos elefantes.  Sí, dos elefantes. Traten de imaginar dos elefantes caminando por la Séptima a las 7:30 pm. La avenida estaba llena de carros y todos les dieron paso. Estos elefantes, que tenían la cara y la trompa pintadas de azul, caminaban despacio y el caos se detuvo por un momento, la gente inclinaba la cabeza y no había ruido. Fue mágico ver como el mundo se transformó de repente, fueron sólo unos segundos. Y cuando se fueron los elefantes el circo volvió a empezar y esa gente que se había inclinado ante su deidad volvía a pitar desesperadamente. Eso me pareció tan loco, tan increíble, que ese momento decidí que me gustaba vivir aquí.

Hāthī fue la primera palabra que aprendí en hindi. Hāthī significa elefante. En la India los elefantes son sagrados, representan a Lord Ganesha, una de las supremas deidades del hinduismo. Ver a un elefante es un buen augurio. El día de mi encuentro con dos Hāthī me empecé a enamorar de India.


jueves, 28 de abril de 2011

Bienvenida a India


Sabiamente dice Lonely Planet que nada puede preparar a ningún viajero para el choque cultural que va a experimentar a su llegada a India. Mi caso no fue diferente, la primera semana fue difícil, muy difícil. Son muchos los factores que hacen abrumador ese momento. El viaje de Bogotá a Delhi es largo, fueron tres aviones, salí la noche del martes, llegue a India la mañana del jueves y en la tarde ya estaba en la que sería mi oficina.

Tras una ducha, sin dormir y con hambre, recibí las primeras indicaciones de mi jefe sobre lo que sería mi vida en Delhi.

Primero, bajo ninguna circunstancia se debe beber agua de la llave, no se puede usar ni para lavarse los dientes. En pocas palabras el agua no es potable. El 11 de marzo de este año El Espectador publicó un artículo que decía: “Al menos el 18% del agua que llega a los hogares delhíes está contaminada con heces humanas, debido a la corrosión de las cañerías, las indebidas conexiones entre redes de desagüe y suministro y los constantes cortes, que obligan a la ciudadanía a acumular el agua en depósitos”. Pues bueno, esa agua no potable es la que utilizo todos los días para bañarme, para lavar mi ropa, para lavarme las manos. Sólo imaginar ese escenario el primer día me produjo un malestar enorme.

Segundo, la alimentación. No se pueden consumir alimentos de cascara blanda, todo debe pelarse. No sólo por el tema del agua, que por sí sólo sería una razón de peso. Según la organización de consumidores Consumer Voice (CV) en el cultivo de alimentos en India se emplean pesticidas prohibidos en la mayor parte del mundo en cantidades que superan 750 veces los límites permitidos por la Unión Europea. Además todo es picante, pero no es un poco picante, es picante de verdad.

Tercero, Delhi es una ciudad peligrosa para las mujeres. Entonces empezaron a narrarme historias de mujeres que fueron atacadas sexualmente, que fueron acorraladas por grupos de hombres en la calle, a las que tocaron y golpearon. Y mi malestar se volvió miedo. Yo esperaba muchas cosas, y de verdad me sentía fuerte para manejar la discriminación hacia la mujer, pero creo que nada te prepara para asumir que vas a vivir un riesgo de esa naturaleza por meses. Las indicaciones fueron no salir sola ni  en  compañía de sólo mujeres después de las 9 pm, no vestir faldas, ni blusas sin mangas, no establecer contacto visual ni sonreírle a ningún hombre en la calle.

Como si esto fuera poco, la ciudad por sí sola impacta. Esa primera semana vi basura por todas partes, pilas de basura en la mitad de los andenes que por supuesto están acompañadas por los olores más intensos y nauseabundos que he experimentado. Además está el ruido, todos pitan, los carros, los rickshaws, los taxis, todos; además manejan rozándose, no tienen espejos, no respetan las líneas que dividen los carriles. Y por si esto fuera poco puedo asegurarles que en esa semana ví más hombres orinando y escupiendo en la calle que en toda mi vida en Colombia.

Sentí que India era más fuerte que yo. Me daba miedo salir a la calle, la mayoría de las veces no había mujeres a mi alrededor, sólo hombres que te observan cuando caminas, que están atentos a tus movimientos. Todo eso fue simplemente demasiado… pero como Lonely Planet también explica, esa sensación dura sólo la primera semana, lástima que entonces yo no había comprado el libro.